La Estrella más hermosa y el Granito de Arena

Érase una vez, un granito de arena tímido, pero talentoso, con un gran corazón que a todo el que le pedía ayuda asistía con esmero.  Una noche, mientras realizaba sus actividades cotidianas en las distintas etapas de su vida, decidió no irse a dormir y ver las estrellas.  Una estrella hermosa estrella pasaba por ahí cuando éste la vio con detalle, sus ojos tímidos no pudieron evitar admirarla y quererla siquiera como en un sueño.

Silencioso atravesó pesares y fabricó un jardín muy especial y, llegado el momento, escogió un obsequio para agradar a aquella visita fugaz que sabía que alguna vez volvería a ver.  No reparó en tiempo y dedicación en su empeño.

Pasado un tiempo, hizo cálculos de cuándo la vería nuevamente y con todo dispuesto, lanzó una de sus flores predilectas al cielo, para que una de las estrellas más brillantes y hermosas de la que imperdiblemente se había prendado, recibiera un pequeño obsequio de un insignificante granito de arena, queriendo erróneamente que ésta sonriera para él, aunque no le mirara fijamente, sino que formara una sonrisa que le indicara que su esfuerzo por agradarla había sido tan solo recibido.

Sin embargo, dicha estrella, ignorando las intenciones simples de aquel desdichado granito de arena, apenas y sintió la cercanía de aquella flor hermosa, y suspiró desintegrándola sin poder observarla siquiera por simple curiosidad.

Aquel granito de arena sucumbió con dolor ante aquel hecho, recordando cuántos veranos había cuidado de ella, veranos por los que atravesó hechos inciertos protegiéndola del calor del sol por ser una flor de invierno, cultivada en el frío, con brillos de azahar y destellos formados por copos de nieve que quizás en medio de una soledad inherente, anhelaban siquiera una muestra de atención suspicaz y casi inexistente.  Así su corazón se congeló junto al jardín y la estrella jamás supo que en la arena del mar brillaba un corazón congelado.


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